| Acampada en el bulevar Rothschild de Tel Aviv, Julio, 2011. / Activestills |
La protesta de los indignados de Israel es imparable: 150.000 personas se echaron a la calle en la noche del sábado para exigir un cambio radical en la política nacional, que evite que la clase media sustente a una clase pudiente que reluce y da una imagen errónea del país, la de una tierra de leche y miel. 30.000 israelíes viven en acampadas repartidas en una veintena de ciudades, en una pelea que no se conforma con logros parciales. Cansados de estar “exprimidos”, lo que en principio era un movimiento residual se ha convertido, en 17 días, en una corriente popular que contagia a todos. Hasta en Zara hay carteles de apoyo. Su tenacidad ha bajado la popularidad del primer ministro, Benjamin Netanyahu, del 51% al 32%. De ahí que, raudo, anuncie 10.000 viviendas para jóvenes echando tabiques en edificios oficiales que hoy son oficinas, o rebajas en impuestos indirectos, o ayudas para jóvenes que se tradaladen a ciudades poco pobladas. Ayer, anunció incluso la creación de un equipo ministerial especial para aportar soluciones. No es bastante para la calle, que hoy ha arrancado la convocatoria de huelga en una treintena de municipios, que han cerrado las oficinas municipales y se niegan a limpiar las calles y recoger basuras. Huelga hasta en la administración. El temblor ha llegado al Gobierno, con la dimisión del director general de Finanzas, el hombre que cifró en 12.000 millones de euros el coste de dar respuesta a las reivindicaciones ciudadanas. La coalición de Netanyahu con ultraderechistas y ultraortodoxos no corre peligro, pero la oposición aprovecha la causa: la líder de la oposición, Tzipi Livni, ha reclamado que el Parlamento siga trabajando, pese a que el jueves debería irse de vacaciones hasta octubre. “Ahora toca luchar”, dice. Aquí está el relato del nacimiento, reivindicaciones y anhelos de los indignados de Israel.

