En los últimos años he tenido una participación activa en la política ejerciendo como concejala de mi municipio y siendo candidata en las últimas elecciones generales. He aprovechado también para estudiar en profundidad las páginas de la historia del siglo XX que la oficialidad ha tratado de ocultar. Todo ello me ha revelado lo absurdo que es tratar de cambiar un estadocuyas raíces económicas y políticas están podridas.
A pesar de que he tenido varias propuestas para presentarme a las próximas elecciones, mi desengaño del sistema vigente es tal que me parecería una traición a las convicciones que he ido adquiriendo con la experiencia y el estudio. Me he dado cuenta de que el estado se convierte en una máquina de opresión para el ciudadano, independientemente de la tendencia política que lo dirija. El ejercicio del poder y la imperiosa necesidad de preservar el sistema y el status adquirido generan una corrupción que se extiende como la peste desde las cúpulas de gobierno hasta todos los rincones de la sociedad. Esta enfermedad mortífera es percibida como un mal menor. Tal es la alienación que ejerce el aparato estatal sobre las conciencias individuales y colectivas.