Presentada como un movimiento espontáneo y no violento, la sublevación que obligó a Eduard Chevarnadze a renunciar a la presidencia de Georgia es en realidad fruto de una paciente manipulación. Objetivo estratégico y petrolero en juego entre la Federación Rusa y Estados Unidos, Georgia se ha convertido en terreno de enfrentamiento de las potencias. La cólera popular, hábilmente desencadenada por el Instituto Democrático de Madeleine Albright y estructurada por asociaciones juveniles que financia George Soros, permitió a la CIA poner a sus hombres en el poder en Tbilisi, capital del país.
